Como voluntaria de la cruz roja hace medio año, cada sábado, durante 1 hora, hago compañía a una mujer con Alzheimer. Una experiencia muy gratificante y donde estoy aprendiendo mucho.

Ella tiene un grado alto de Alzheimer y no puede caminar sola, tampoco te recuerda, le explicas algo y al minuto ya no sabe de que le hablas… no es consciente de lo que pasa al momento, pero de golpe se pone a cantar canciones, ¡y que se acuerda de ellas eh! es como si se hubiera quedado en edad adolescente, como si aún viviera con sus padres, porque siempre dice: me tengo que ir, que mi madre estará preocupada, me tengo que ir a casa que ya casi es de noche y no me gusta… frases que su madre siempre está presente. Muchas veces también se acuerda de los nombres de sus hermanos, de su marido, canciones, algunas frases dichas…me río muchísimo con ella, es muy alegre, cariñosa, divertida…. ¡Nos ponemos a cantar juntas, a aplaudir, reír!¡ es un pasada!

Yo tenía miedo de la reacción de ella conmigo, ya que cuando no conoces a alguien y entra en tu casa como si nada y te habla y todo…no sabes cómo podría reaccionar, podría reaccionar de manera violenta o desinteresada, pero no! ella cada sábado me recibe con una sonrisa y con ganas de verme. Es así con todo el mundo, me explica su marido. Le encanta hablar y casi cada sábado me explica cosas, a veces con sentido y muchas veces sin sentido… pero bueno, ella pasa un buen rato charlando y yo me lo paso bien escuchándola y intentando comprender lo que me quiere decir.

Ella vive con su marido, un hombre humilde, cariñoso, buena persona…solo tengo adjetivos positivos para él, porque de verdad que es un cielo de hombre. La cuida como una princesa. Él tiene 92 años y ella 89, una fuerza de voluntad que tiene él que me parece increíble. Por la mañana y por la noche tienen a gente que les ayudan en el día a día, pero hay unas horas a la tarde que están solos y él la lleva al lavabo con el caminador, la cambia, le da de merendar, sus medicamentos… ¡con sus 90 y pico años! Lo ves a él y es tan poquita cosa que no ser de dónde saca las fuerzas.

Cuando veo que se dan besos en la mejilla, se cogen de la mano… ¡eso es tan bonito! Si le pudierais ver la cara de felicidad de él al ver a su mujer que le pide besos o le hace una caricia o simplemente la ve contenta, eso es impagable. Me queda mucho por aprender de ellos.

Os explicaré un poco la historia de ese hombre porque, la verdad, es que me conmueve su actitud frente a todos los problemas y desgracias de su vida.

De joven, era un muchacho de poca vida, casi no comía. Con 20 años le tocó irse a Melilla a hacer la Mili. Su madre pensaba que con lo poco que comía aquí, en Melilla era ir hacia la muerte, hasta él lo pensaba. Pero no fue así, aunque aquellos tiempos había tres enfermedades mortales en el agua: el tifus, hepatitis y el cólera. Él lo sabía y ya no bebía agua, pasó mucha sed y mucha hambre, pero el resistió 36 meses en Melilla, fue un buen soldado, atento y cumplidor, el siempre me dice que si sus padres supieran que ha llegado a los 90 años no se lo podrían creer, se pensarían que aquél no es su hijo, de lo poco que comía.

Cuando llegó, se casó con una joven, estuvieron muchos años casados, tuvieron una hija, que tiene discapacidad intelectual. Su mujer a los 40 años y algo se murió de cáncer y él se quedó sólo con su hija. 7 años después conoció a su actual mujer, que con mucha mala suerte o ya no ser como llamarlo, le cogió Alzheimer hace un par de años. Ellos viven en un piso pequeño y el con la edad que tiene no puede hacerse cargo de su hija y su mujer, así que la hija está en una entidad de iniciativa social, muy conocida en nuestra ciudad,  que da vivienda y trabajo a personas discapacitadas.

Cada sábado la hija va a comer en casa de ellos, el rato que yo voy es cuando él acompaña a su hija, con el coche, a la residencia y yo me quedo vigilando a su mujer. Le duele ver a su hija que quiere quedarse con su padre y no puede… tiene que ser muy duro. Pero no podría cuidar de las dos a la vez. Cuando yo llego, su hija, me mira me sonríe, me dice hola y nos damos dos besos y si le doy conversación está contenta pero cuando llega la hora de irse… le ves los ojos tristes, la cabeza agachada… y eso a él le parte el corazón.

Él es una persona muy agradecida, cada sábado me da las gracias por ayudarle esta horita-horita y media que estoy con ellos, pero no me las da una vez, sino que 10 veces mínimo me da las gracias y cada sábado me da una cajita de bombones y si un día no ha podido ir a comprarlos, se disculpa.

Yo se las doy a ellos las gracias por tratarme tan bien y por hacerme sentir como una más entre ellos y por enseñarme tanto.

Gracias a ellos valoro mucho más el día a día y puedo decir que soy muy afortunada y que en la vida he tenido mucho suerte.

GRACIES FRANCISCO I MONTSERRAT!!!

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